Imagino que vieron las imágenes de los manifestantes que reclamaban en Peñafiel que el gobierno remate la Autovía del Duero. Un afán tan candoroso como el de pujar para que el Estado concluya el AVE a Asturias –ahí tienen los carísimos túneles del puerto de Pajares, muertos de risa mientras la línea agoniza en Pola de Lena-, o el Madrid-Badajoz, que lleva en construcción desde 2010 y que según leo debía haber prestado sus primeros servicios allá por 2013. Una utopía, si quieren, a juego con la insostenible antigüedad de la vía férrea en Extremadura. O con el sueño de que algún día los presupuestos generales del Estado no dependan de los cambalaches con las minorías nacionalistas que manejan a su antojo la caja fuerte. Allá donde uno mire destaca la espantosa obviedad de que la única fórmula para lograr que el gobierno de turno te haga caso pasa por la gestación y convalidación de un proyecto nacionalista a la medida. Una tribu de quita y pon, portátil y manejable, que subraye las imaginarias diferencias y otorgue un plus de prestigio a las necesidades de cada cual. Triunfan quienes practican la oportuna reconversión de sus reclamaciones pecuniaria en melodrama sentimental. Descontada la otra variante de populismo identitario en España, enarbolado por las feministas reaccionarias, la explotación de los hechos diferenciales, y el blanqueado del substrato xenófobo inherente, se erige ya como la industria pujante de la política nacional. De ahí el auge del identitarismo de Vox, claro, que supo detectar a tiempo el otro nicho comercial vacío y levantar un tribalismo espejo. Ante la imposibilidad de que Europa siga pagando las fantas resta aplaudir que los más ricos sean quienes más reciben porque para eso son los que más aportan y olé. Un argumento propio de la señora Thatcher, aunque ni siquiera ella se atrevió a plantearlo con ese descaro. Y seamos sinceros: jamás imaginamos que sería reciclado por los enterradores, antaño herederos, del viejo socialismo.

Julio Valdeón

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