9 de enero de 1959. Revienta la presa de Vega de Tera. Ribadelago y sus habitantes son engullidos por un tsunami. Murieron 144 personas. 60 años después David Brunat, de El Confidencial, regresa al inmenso cementerio. Un pueblo zamorano al que el franquismo y su metal corrupto taparon bajo toneladas de leche en polvo y propaganda. Un crimen nacido de la alianza entre trapacería institucional y codicia voraz. Algo por lo demás esencial a cualquier dictadura, pues la ausencia de controles garantiza el parasitismo de la élite que enseñorea el cortijo. El problema actual no es tanto la impudicia del régimen, levantado sobre la exención de obligaciones morales, sino que cruzado en diez años el rubicón del medio siglo y en pie frente al calendario no hay políticos errantes detrás de una pancarta. Ni discursos a hombros del presupuesto. Ni museos de la memoria o la vida. Mucho menos periodistas en los platós que con los ojos en blanco y voluntad ergonómica pregunten cómo demonios pensamos lograr que los herederos y hasta los supervivientes de Ribadelago se sientan, uh, «cómodos en España». Me dirán que el destino del muerto es la soledad («¿Vuelve el polvo al polvo?/ ¿Vuela el alma al cielo?/ ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno?»), y que en el caso de Ribadelago habita sumergida en un pozo azul cercado de montañas. Que al final del día son muertos de tercera. Muertos prescindibles. Muertos descontados de galones. Huérfanos del calor poético de los columnistas más comprometidos y los tertulianos más sensibles y los antropólogos que consagran su vida a explicar el folklore de otras víctimas mejor consideradas en el hipermercado de agravios. Lo explicó Rafa Latorre en su día. Las guerras hoy son simbólicas y sus muertos, como los miles y miles de heridos por los antidisturbios el 1 de octubre de 2017, pura metáfora. De ahí que la mitad del parlamento dedique sus días a elucubrar la seducción de los nacionalistas y su corolario en forma de miles de millones. En Zamora, por contra, los muertos fueron reales y sus cuencas vacías incordian en el pútrido paisaje de una modernidad posmo donde lo único real es el hundimiento económico y demográfigo de parte del país mientras otros territorios, dirigidos por una clase política absolutamente desleal, acumulan sobornos. Pero nadie recuerda los gritos de los niños, los ancianos arrastrados por el fango, las madres angustiadas o el silencio de muerte que epilogó el gran bramido, allá en Sanabria, y menos que nadie recuerda el BOE. Porque 1959 queda muy lejos y 1714 fue ayer mismo.

Julio Valdeón

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