La revolución de las sonrisas, ese imposible, conoció ayer otro capítulo infame. Uno más en la larga lista de indignidades que se repiten en Cataluña desde que la xenofobia políticamente constituida intentó dar su golpe de Estado. Delante de este reportero volaban los adoquines, las verjas, los esputos, las botellas de cerveza recién apurada, mientras los Mossos, con el uniforme muy decorado de pintura y huevo, recibían impertérritos el calificativo de cipayos. No por los soldados persas al servicio del sultán otomano sino en homenaje a los años de plomo en el País Vasco y la Ertzaintza. Cipayos, sí. Mercenarios. Traidores. Gentuza que, según los indignados sección nacional(social)ista, no merecen la bandera cuatribarrada, cosida a su escudo y ayer sepultada bajo una linda costra de mierda. La táctica de los delincuentes era la propia de todos los grupos de manifestantes especializados en las tácticas de la guerrilla callejera. Atraer a los agentes hasta un punto, provocarlos hasta lograr que carguen y correr luego para liarla dos o tres calles más arriba. Un lingotazo de adrenalina, qué fuerte tío, lo más, o sea, mientras en la retaguardia orondos jubilados recién llegados de Tractoria seguían los incidentes y grababan con el móvil: nunca sabes cuándo llegaría la foto soñada, el independentista descalabrado y bien dispuesto para ejercer como chico del póster en la larga y sucia pelea por la opinión pública internacional. La mención a Tractoria por cierto resulta muy pertinente. Como me explicaba el gran José María Albert de Paco, que ha escrito algunos de los artículos definitivos sobre el llamado procès, en las calles de Cataluña se libra otra batalla más en el conflicto ciudad/campo. Entre el mundo que viene, cosmopolita, moderno, aireado, y la avinagrada reivindicación de un agro encerrado con sus folklores y su bilis y su miedo al futuro. La enésima guerra carlista. Sólo que en este caso también participan las élites del 3%, posiblemente nostálgicas de aquellos días de vino y rosas, con los hijos de excursión a Andorra y los fajos de billetes debajo del polo como la guapa Margot Robbie en El lobo de Wall Street. Pero había más. Siempre hay más con esta gente. Por ejemplo el comunicado de la Generalidad de Cataluña. Obviamente pactado con el gobierno de España. Un texto impresentable donde se alude a la seguridad jurídica pero no a la ley o la legalidad. Una basura totalitaria que el presidente Sánchez toleraba igual que permite que Artadi y cía. hablen de cumbre bilateral. Como si la bilateralidad fuera posible en una reunión entre el presidente de EEUU y el gobernador de Utah o el alcalde de Omaha. A lo sumo parecía encantado de haber cambiado el nombre al aeropuerto del Prat, aunque sin consultarlo con el ayuntamiento, y con que el ujier hubiera colocado una flor de Pascua, rojo pasión, para disimular el brochazo amarillo de las que había colocado Torra. Si total. Si el hombre que ve taras en el ADN de los españoles ya venía con el lacito en la solapa. El lazo que grita que en España se violan los derechos humanos. Todo fenomenal. Como el desempeño de los niños mimados de una burguesía que primero importó trabajadores del resto de España y ya luego, borracha de sí misma, igual que esos infantes con ademanes de sátrapa y caprichos dignos del Rey Sol, decidió que había que extranjerizarlos. Normal que gritaran contra España si el gobierno de su país, comandado por un Sánchez zombie, había firmado un texto amorcillado con la bullshit de rigor. Diálogo efectivo, conflicto, propuestas políticas y, oh, la frase de la vergüenza, aquí completa: «respuesta democrática a las demandas de la ciudadanía de Cataluña, en el marco de la seguridad jurídica». Había que leerla despacio, saborearla como quien paladea un licor raro y añejo, y hacerlo al trasluz de los disturbios, con las lecheras policiales poniendo su nota agreste en una mañana azul lapislázuli, para entender hasta qué punto este gobierno y este Sánchez parecen decididos a todo con tal de mantenerse en la cumbre un día más con vida. La única duda es ya saber si Simplemente Pedro acabará antes con el Estado o con el PSOE. El primero aguanta cada día peor las embestidas de un independentismo blanqueado por demasiados medios y demasiados analistas. El segundo ha iniciado un camino similar al de los socialistas italianos y griegos. Normal que los jueces europeos, que imagino que también ven la tele, parpadeen estupefactos ante la postal de un presidente reunido con quién sigue los dicterios de unos presuntos golpistas. Estos españoles, hum. O son muy tolerantes o son muy memos o aquí hay algo que no rula. Y así se nos va el invierno. Renqueantes frente a las huestes xenófobas e incapaces de defender con un mínimo de gallardía el experimento democrático más exitoso de nuestra historia. Lo pagaremos.

Julio Valdeón

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