Los muertos. Contemplo sus tumbas desde el dormitorio, en ese cementerio con vocación de bosque que cerca mi casa en Brooklyn. Estación final sin esperanza para alcaldes corruptos, directores de orquesta, pandilleros y motoristas puertorriqueños, soldados de la Unión, maestros, jubilados, amas de casa y marinos perdidos bajo las olas y honrados con una lápida a su nombre y un agujero vacío. Lost at sea. Estos días, entre la infantil broma de Halloween, quizá la fiesta para niños más encantadora que conozca, carnaval sugerente y ligeramente siniestro, y la piñata de colores de mis vecinos mexicanos, camino rodeado de muertos, aunque no los míos. Duermen, es un decir, entre Valladolid y un pueblecito en la zona central de la Cordillera Cantábrica, en Asturias. Entre algún innominado pinar de tierra de Campos, olvidados hasta que el mundo y hasta el olvido mueran, una fosa común en el cementerio de la ciudad y una coqueta tumba junto a los picos del Aramo. Más allá del mármol negro, las Ubiñas, cuyos nombres todavía resuenan algunas noches como piedras arrojadas contra el viento mientras trato de conciliar el sueño. Por sus prados, embebido de historias del oso, los urogallos, los corzos, la jineta y el lobo, siempre el lobo, subía yo con mi abuelo. Buscábamos las míticas cabañas de los pastores en verano. Allá donde el pedernal calizo acuna sombras de águilas. Entre la necrópolis de El Carmen, los páramos donde descansan los perdedores de todas las historias y el modesto cementerio que saluda la niebla, bajo la clorofila de los grandes robles y el susurro del mar sobre los trigos duermen enterradas mi infancia y mi memoria, yacen los míos, lo poco o nada que sobreviva, cuatro huesos limpios de charcutería, algunas médulas que ardieron sin demasiada pena ni excesiva gloria. Buena gente. Gente olvidada. Gente a la que quise y alguna gente a la me hubiera gustado conocer. Gente a la que regelaría unas flores si todavía viviera en España. A falta de rosas que menos que un artículo sobre el que cae la nieve, ¿recuerdan?, como un último ocaso, sobre todos los vivos, y los muertos.

Julio Valdeón

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