Hace ahora 21 años un grupo de intelectuales, comprometido con las cosas que importan, puso en pie una de las iniciativas más importantes de la historia reciente de España. ¡Basta ya! fue la avanzadilla de la libertad cuando hablar podía costarte los sesos sobre el asfalto. En un país donde los sofistas largaban a favor del verdugo. Algunos canónigos de la izquierda disculparon los muertos por la naturaleza política del conflicto. Como si la política hiciera más tolerables los hornos crematorios o el gulag. Las derechas identitarias, hijas del carlismo y amamantadas en los seminarios vascos, bailaron del brazo de los de la olla trufada con amonal y tornillos. Sembraron las calles de España con cadáveres mientras los franceses y la BBC insistían en alabar a los matarifes como si fueran héroes. El maestro Raúl del Pozo, en El Independiente, escribió en esos días de las «matanzas requeté-leninistas» y avisó que ETA era «un acumulador de cólera colectiva, adoctrinada para la religión de la muerte». Frente a los que abogaban por el diente por diente y gritaban paredón, también contra la actitud comemierda de los que aspiraron a comprar su tranquilidad a cambio de justipreciar nuestros derechos, ¡Basta ya! rechazó hablar de “violentos”, como hacían los cursis. Pidió la palabra no para hablar en nombre de conceptos tan inaprensibles como líricos. Tampoco reivindicó la “paz” ni condenó “la violencia venga de donde venga”. Dijo no a ETA y añadió que la matriz de la serpiente era una educación en el odio a España y los españoles, a la democracia y la Constitución, a la nación de ciudadanos y a los valores republicanos. ¡Basta ya! nace para borrar el miedo y tomar las calles. Para burlar y condenar el despotismo de la sangre, que canta canciones de cuna al oído de los vivos, y para despreciar los huesos podridos de los muertos, que envenenan la política con la mística del pasado. Cuando los jóvenes preguntan cómo pueden seguir los pasos de esos reporteros que en Sinaloa escriben contra el poder del perro, o más humildemente si quieren saber cómo cumplir con sus obligaciones cívicas, no necesitan irse muy lejos. Aquí, en España, hubo gente que se negó a desfilar en las escuadras de los sepultureros. Los demócratas tenemos con ellos una deuda impagable. Eso, y no la purria de quita y pon que ensayan las huestes reaccionarias de la izquierda ídem, eso y no la pantomima idiota de los que en su vida abrieron la boca excepto para dárselas de lo que nunca han sido, eso, o sea, la insobornable trayectoria de ¡Basta Ya!, fue nuestro verdadero antifascismo. En las horas aciagas, cuando todo parece una farsa, cuando los políticos hablan como fanáticos y los periodistas repiten consignas, me pongo en bucle el discurso de Fernando Savater en la entrega del premio Sájarov a la libertad de conciencia. Es escucharlo y el mundo, si no sentido, al menos vuelve a resultar apetecible. Más benévolo e inteligente, y más hospitalario. Si ahí fuera hay gente así de generosa e intrépida entonces no todo está perdido.

Julio Valdeón

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