Jordi Évole entrevista a un golpista condenado, orgulloso, confeso. A un racista, también. Fue todo tan bonito. Sentimental, sensible, sensitivo. En redes sociales el periodista escribe que «si la próxima entrevista se la podemos hacer fuera de la cárcel es que estaremos más cerca de la solución». Como si dijéramos que a Junqueras los jueces lo condenaron para remediar el contencioso en Cataluña. Como si creyera, Évole, que la justicia, el código penal, las leyes, están para resolver los graves problemas de la humanidad, como un aullido interminable, y no para atender a los delitos individuales, así tomados de uno en uno. Total, que amanecemos en el lecho nazi del derecho penal de autor y las grandes y pequeñas categorías como sustitutivos de la culpa individual y la responsabilidad del ciudadano concreto. La entrevista de Évole coincidió con unas declaraciones de Iceta en la misma línea. Llegan junto a otras de esa medianía átona pero letal apellidada Zapatero, de ida o vuelta de Venezuela para blanquear un poquito más a una pandilla de violadores de los derechos humanos. Sostiene el pastor de nubes, estratega posmoderno, zahorí de inanidades, que la izquierda no puede enfrentar el nacionalismo porque la izquierda ama la diversidad, la biodiversidad y la diferencia. Puede ser. Pero sólo si admitimos que en España la izquierda está muerta. Decidida a fusilar a Marx y liquidar todo la herencia de la tríada revolucionaria francesa. Zapatero baila con los adiposos del pueblo unido y etc., los adoradores del ADN, los sepultureros de la república laica. Évole igual. Lo certifica con su masaje/enjuague a un reaccionario, místico, delincuente, que atentó desde las instituciones democráticas contra las instituciones democráticas. Unos y otros podrían defender mañana las mayores barbaridades, los disparates más infames. Pero sus pecados serían inmediatamente perdonados desde el momento que aclaren su devoción, respeto, alta consideración, amor, deleite y gozo en la contemplación de los nacionalismos, algodonosas criaturas mágicas de efectos portentosos para la salud de las libertades. En España nacionalismo rima con unicornio, atardecer en tonos rosas, rima con estribillo de azúcar, con inclusión, progreso, barquillo de amor, poesía, democracia. Así será mientras la izquierda mainstream apueste todo su capital, encanto y prestigio a encalar el currículum, negro como una fosa séptica, de una ideología venenosa, y a ensalzar a un criminal, xenófobo y carlista. No hay salvación frente a la constrictora nacionalista con publirreportajes como el del periodista Évole. Uno que cree pelear en el lado soleado de la vida pero trabaja en favor del fascismo realmente existente.

Julio Valdeón

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