Igor Paskual, guitarrista con Loquillo, para el que ha escrito gemas como Memoria de jóvenes airados, nació en San Sebastián, estudió y vive en Gijón, tiene tres hijos, una rutilante colección de pantalones de cuero, un libro de memorias noveladas que envidiaría el Umbral más lúcido y literario, una colección de columnas con ecos felinos, y un par de discos, Equilibrio inestable y Tierra firme, que figuran entre lo más cautivador, afilado e intenso de la música española en siglos. El tercero, La pasión según Igor Paskual, llega precedido por una bomba punk. Cuentan que el nuevo trabajo bebe en mil fuentes. Como corresponde a un explorador a su aire. Hip hop sin abandonar los parámetros rock, el primer y deslumbrante David Bowie, el Evangelio de Mateo, la Violeta Parra más transgresora… Regala versos con napalm, como «Las utopías me causan simpatía, pero no creo en tu puta anarquía, me gusta mucho que haya jerarquías, todos abajo y yo siempre bien arriba». Paskual, que conoce y reivindica a Lone Star, el Dúo Dinámico, Miguel Ríos, Bruno Lomas, los Burning, Juan y Junior y Solera al lado de Marvin Gaye, Frank Sinatra, Radio Futura, los Rolling Stones, los pioneros del rockabilly, Paul Weller, Michael Jackson, Elvis Presley y el De profundis de Oscar Wilde junto al Nuevo Testamento, suena tan desprejuiciado como libérrimo. Tan audaz como profesional al viejo estilo que reclamaba John Ford. Alguien enamorado de su oficio. Obsesivo en su perfeccionismo. Que cuando escribe o enchufa la guitarra tiene esa cosita inexplicable y evidente llamada estilo, personalidad, voz, sin sonar impostado. Sabe dónde picar y cómo para que todo lo que cuenta derroche ingenio, efervescencia, claridad y misterio. En cierta ocasión, preguntado en la revista Efe Eme, comentó que «la expresión de la felicidad aún no está bien considerada entre muchos críticos y parte del público; los artistas piensan que van a tener más credibilidad si ponen cara de agobiados. Ahora todo el mundo pierde el culo por parecer más triste que el de al lado. A Uganda los mandaba yo, para que tuvieran verdaderos motivos para poner cara de mierda». A Uganda no sé, pero a los cuatro locos que todavía nos importa el rock and roll nos anima saber que no hay quien pare a un músico, escritor, poeta, que irradia inteligencia y belleza con la dulce violencia de una supernova.

Julio Valdeón

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